Sandra Mereles tiene 22 años y un hijo de 3, Demian Catriel. Hasta hace unos meses era mucama en un hotel cinco estrellas de Buenos Aires. Es futbolista y juega en Defensores de Belgrano​, pero no cobra ni un viático. Y aún así, martes y jueves viaja dos horas para unir Villa Soldati, donde vive, con Núñez, donde está el predio UBA Deportes. A veces, tiene que hacer changas para poder cargar la SUBE. Pero cada vez que se sube al colectivo lo hace con una sonrisa porque el fútbol la rescató del encierro que le provocó el dolor más grande. El 13 de febrero de 2015, cuando tenía 17, tuvo que tomar la decisión de sacarle la asistencia respiratoria a Bastian, su primer hijo, que había nacido sietemesino. El bebé de un kilo y medio no resistió y murió.

Cuando tuve a mi primer bebé ni pensaba en que iba a ser futbolista, ni que iba a jugar. Estaba embarazada y miraba de lejos a las chicas de Huracán cómo jugaban y me gustaba, me llamaba la atención. Cuando me pasó eso con mi bebé, lo primero que pensé fue en hacer algo para despejarme mental y físicamente. Estaba muy tirada, muy bajoneada. Pensé en que algo tenía que hacer para salir adelante. Estaba en mi casa encerrada”, recuerda con la voz entrecortada.

El fútbol ​siempre le había gustado pero se conformaba con ver desde afuera a sus hermanos jugar. De adolescente, se enteró de un equipo de mujeres en Círculo, un club de Soldati, y probó un tiempo con el futsal. Y cuando perdió a su primer hijo, fue su pareja la que se acercó hasta Huracán y la inscribió para que jugara al fútbol 11. “Y al año y medio, después de buscarlo, quedé embarazada otra vez y nació Demian, con 4 kilos, enorme”, cuenta y se le iluminan los ojos.

“A veces, me dice '¿ya otra vez te vas a jugar?'. Pero es lo que me gusta y decido hacer. Me encanta estar con mi hijo y llevarlo a la plaza a jugar, pero el fútbol es algo que necesito para estar bien. Es mi lugar para despejarme. Cuando podemos, y él quiere, viene a verme jugar”, agrega.

A Defensores llegó este año, cuando todavía era el equipo de la UBA. “Las chicas de Huracán me decían 'no te vayas, no te vayas'. Pero no lo dudé, ni pensé en si no jugaba en la A. Yo quería sentirme considerada y jugar, porque estuve mucho tiempo en el banco”, remarca. Por eso, no le importó pasar de entrenar en La Quemita, a unas cuadras de su casa, a hacerlo en Núñez. “Mi vida es re complicada -comenta-. Tengo que buscar con quién dejar a mi nene y prepararle la comida y la ropa que él necesita para estar todo el día tranquilo”.

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Su nuevo equipo también provocó que renunciara a su trabajo. “Estaba trabajando de mucama en un hotel 5 estrellas. Intenté combinarlo cuando vine para acá pero duré una semana. Mi horario era de 7 a 17 y renuncié porque no me daba el cuerpo y no podía estar sin ver a mi hijo hasta la noche después de entrenarme”, explica. Para tomar la decisión, agrega, fue clave el apoyo de quien es su pareja desde hace siete años: “Él trabaja de lunes a viernes. Me banca, me ayuda en todo y está incondicionalmente para mí y para mi hijo”.

Sin contrato ni trabajo formal, hace changas para poder jugar. “Cuesta mucho y es un sacrificio enorme. A veces no tenés plata. Por eso, con tener un viático sería feliz, porque lo hago porque me gusta”, relata. Y se ilusiona de cara a lo que vendrá: “Sin dudas, el profesionalismo es un avance grandísimo porque se reconoce el esfuerzo de todas. Es muy bueno porque las mujeres tienen el derecho a salir adelante como los hombres”.

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