Seguramente a más de uno le suena que Vulcano era el hogar ancestral del hiperlógico Spock de Star Trek. Pero Gene Roddenberry, creador de la serie televisiva americana de los años sesenta, no se sacó ese nombre de la manga. El planeta ya existía. O al menos existía en la imaginación de astrónomos del siglo XIX, en particular en la de Urbain Le Verrier.

Tras la predicción triunfal de la existencia de Neptuno, su estrella había ascendido en el firmamento científico y en 1854 había pasado a ser director del Observatorio de París. Pero nada de lo que hizo, ninguno de sus logros, llegaba a ser siquiera una pálida sombra de la euforia arrasadora que había sentido al desvelar como por arte de magia un mundo desconocido en los confines del sistema solar. Esta hazaña le había valido que los reyes se inclinaran ante él y que los científicos lo veneraran como a un dios. La fama y la adulación se le habían subido a la cabeza y ansiaba recuperar esa sensación. Habría dado lo que fuera por repetir su éxito. Habría dado lo que fuera por hacer otro anuncio cuasi divino que dejara anonadado al mundo de los mortales. Así que decidió trasladar su atención de las regiones exteriores a las interiores del sistema solar.

El astrónomo Urbain Le Verrier ya había predicho con éxito la existencia de Neptuno

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